El final de la canción

jueves, septiembre 28, 2006

hoy te puedo cantar una canción
algunos coros en baja voz
puedo traer tu cuerpo conmigo
a la tierra y jugar con él

necesito rescatarme
yo necesito un reloj
una vida que me devuelva la mía,
un horario mejor

tú me dices que paseando
las penas caminan mejor
los sollozos respiran
y nuestros besos árboles espían

yo puedo entonar una canción
para la noche que nos hace olvidar
que el cielo nos deja
porque hoy no hay luna llena

y escuché a lisi cantar
y escuché a su voz quebrantar
en los agudos más firmes que el viento
en los altos que duelen por dentro

Ella también sabe cantar,
sabe que la pena nos calla
ella dice que tú volverás
ella ama y lo amará

Hay tres puntos en el firmamento
hay dos coros nuevos
tengo yo un papel escrito
manchado con tintas de destino

una vocecita ronca
entre sus brazos te llevará
hacia el horizonte de algún lugar
donde al oír esta canción calma el mar

Otras te aman, menos yo
que solo te sueño, veo, abrazo y beso

me quedas tan lejos que ya no sé
si pueda vivir un instante

si estoy sola es por que te amo,
porque no tolero la soledad
en hombres de románticos ideales,
me refugio
en seres que aman la libertad.

ya no me quedan lágrimas,
me rebasan las olas que rompen cerca

en una hoja de este cuaderno
tu foto llevo en el centro
rayo las líneas que ya no tengo
y los renglones están demás

la sopa se enfría
y tú no estás para engreírme
no estás tú para decirme,
qué te sucede hoy, te veo triste,
qué te pasa Sam,


me pasa que no estás aquí,
me pasa que me estoy jodiendo,
hay tantos fuera y nadie dentro
es mucho ruido para mí

y tú...

mis amigos preguntan por qué no estoy contigo,
yo les digo que somos solo amigos
yo no te quiero
perder


Te amo tanto y te dejo,
tú necesitas a alguien mejor.


yo también, te amo. Y necesito de ti.
de ti ahora, de ti siempre,
de ti, de ti.
de ti, de ti

el mar a mí no me llevó.

Así van ya seis meses,
sin cartas y un aló
no me llames, no recuerdes,
aquí termino la canción.


no me llames, no recuerdes,
aquí termino la canción.

Sin título- tres

martes, septiembre 26, 2006

Hundidos en el piso reposan un par de somnolientos ojos que no saben cómo devorarse los libros.


En la casa pequeña, todos hablan al mismo tiempo. Conversan y discuten sobre los ejes que guían sus vidas y los precios por los cuales se arrojan a la corriente. Sobre esas oxidadas barras, se sientan a recriminarse sus compromisos sociales ya obsoletos. Se miran y se rebuscan entre sí para hallar una migaja de pan. Se arrebatan los bienes, se carcomen las pieles. Los caníbales abundan entre ellos.

Hay armas aquí, muchísimas. Y cada vez que son usadas, el cielo se vuelve más denso y desciende a la tierra de a pocos. Todo se vuelve un cúmulo gris y nadie puede verse. Cuando sucede eso, es como que estuviésemos encerrados en una caverna, maniatados, enmudecidos, desalmados. Los cirros espesos se deslizan en gotas gruesas sobre nosotros. La arena y la tierra húmeda nos hielan el cuerpo. ¿Por qué estamos perdidos? ¿Quién nos ha traído hasta aquí? ¿Por qué ese firmamento nunca llega a despejarse? El viento sopla y se escuchan gemidos. Se oyen claramente las bocinas, los alaridos de las bestias. Se pueden distinguir los olores del smoke, la escoria, la humanidad. Se perciben también, los colores que llevan, los polvos, las texturas, los metales y las piedras.

Materializados, indiferentes, inconsistentes, todos caminan por las avenidas, cruzan las pistas y miran el semáforo como de costumbre, ignoran el mensaje.

Todos caen, tarde o temprano, vuelve la lluvia gruesa a mojarnos, a quitarnos el calor, la euforia se desvanece. Aquellos que sobreviven, mueren primero, se sacrifican para no verse envueltos de la nata plomiza que se apodera de la superficie.

Allí se van extraviando los corazones. Ahora todos envuelven el suyo en una lata digital. Le dicen te amo a la caja inmediata, le gritan a un ordenador, acarician a una pantalla o a un visor. Nadie se queja, todos siguen ondulándose felices en el remolino. Todos van asfixiándose, todos van... Y rezan, rezan mucho, pidiendo para que alguien los salve. Las cabezas están llenas de nada, infladas, deformes. No existen los humanos, solo procesadores bien ensamblados.

Alba Delta

viernes, septiembre 22, 2006

A L,D,L y D

Apenas llegamos al río
decides partir
dejarme sola, al olvido
escuchando como se golpean las aguas y las piedras
oyendo como el caudal aumenta

observando como las sombras de esas nubes cubren los suelos y los abismos
animándome a soñar contigo, a vivirte, a palparte
a besar un vientre que es el tuyo y no
apenas llegamos,

al final de nuestras vidas
las líneas nos quedan trazadas, ya vividas,
sentimos cansado el corazón
las emociones coaguladas comienzan a pudrirse
los orgasmos quedan al último
apenas,

del otro lado esperan por ti
y
yo me quedo reposando sobre el envase en el que siempre estuve
etiquetada
vendiéndome
queriendo que me amaras
estoy
llena de palabras y de
hojas, páginas agridulces y dolorosas
de plumas enormes de
creadores invisibles
anónimos falsos
que me abandonan ahora, junto a la orilla del río.

el alba, me quedas tú
todavía
llegan a su fin el pánico, la carencia, el apetito de la medianoche
caen dos gotas
dos
ojos
que se van
yo desde este lado
tú de aquel ahora,

las sienes de mi cabeza se hinchan
la sangre forma cascadas gigantes
el aire se va acabando y
mi mano se sostiene levantada diciéndote adiós

apenas llegamos,
amanece.

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*Pronto la reestructuración, pero antes el último vómito. Lo siento señores, no podía más.

hasta fin de parciales

martes, septiembre 12, 2006

Aquí, lejos de Túpal

miércoles, septiembre 06, 2006

Café de Vincent Van Gogh

Saliendo de Legran, el silencio era casi absoluto. Los árboles y el aire fresco los arrullaban. Eran felices. Salir de la plaza, sentarse sobre las mantas verdes y florecientes del campo era lo que siempre hacían después de trabajar.

La camarera servía con paciencia y ternura a todos los que llegaban hasta el Café Bermand, el más conocido de la ciudad. Aun en invierno, ella atendía a todos con la calidez de un sol radiante.

Han pasado muchos años desde que abandonó Túpal, un país al este del pacífico muy diferente a Bermand. Allí dejó a su familia y amigos solo para encontrar paz. Por eso le gustaba tanto estar en Legran y que yo sepa, jamás le molestó dejar su cómodo puesto de trabajo en Túpal para vivir aquí, muy cerca del cuadrado de las avenidas Larrama, Cardiel, Draspet y Rand, en un apartamento modesto ubicado en el tercer piso de un edificio de la calle Rimpt.

La camarera siempre llega aquí, a las colinas de Herat, como a las seis de la tarde. El viaje desde el Café Bemand le toma como una hora. Hoy, lleva un abrigo de paño color azul marino y una bufanda oscura muy larga que le llega hasta las caderas. Se sienta sobre uno de los troncos puesto en forma de banca y sostiene la mirada en dirección hacia el bosque Ámbar.

Allí, mientras ella mira el sendero dibujado por los grandes árboles, le acaricia el rostro un hombre mayor que ella. Tal vez, le lleve unos 8 o 9 años, él también es de Túpal. Se les ve reposados.

Ya nada los hace pensar en Túpal y en sus feísimas calles, en sus noticias escandalosas y sus tabloides chicha. Lo único que les queda de ese lugar es el recuerdo grandioso de sus familias y amigos. La universidad, el diario y las galerías en los que fueron conocidos, también eran parte de la evocación. Siempre que pensaban en Túpal lo hacían con mucha nostalgia.

Los cabellos de la camarera rozan el cuello del hombre al que le sonríe y conversa. Le dice que ha recibido una llamada de su país. “Mi hermana me ha dicho algo maravilloso: La pequeña se casa. Mamá está muy feliz”, le cuenta con entusiasmo. Él le responde con un beso y le propone ir a casa temprano para llamar a Cecilia, la hermana de la camarera, y felicitarla por el compromiso.

Genial- le contesta ella y añade- ¿Sabes? Ceci también me contó que el diario se fue a pique. Ahora todos se han quedado en la calle porque el juez mandó a embargar la empresa. Llegaron a comprobar la participación del diario en lo del boicot de la campaña de Sánchez Guerrero. ¡Pobres!...

Él la envuelve entre sus brazos y el viento sopla con más intensidad. Las hojas crujen y empiezan a levantarse del pasto. Ya se va haciendo tarde y es hora de volver. En casa los aguarda un delicioso café y una radio vieja presta para ser intérprete de boleros o salsas antiguas.

Al llegar al departamento, ella enciende la cocina y pone a hervir el agua. Al prender el cerillo, se quema la punta del dedo índice. Un instante de distracción la hace pensar que precisamente ese segundo sería muy diferente si ellos estuvieran en Túpal. Quizás, ella estaría dictando cátedra de arte y encargándose de la Galería Central. Y él estaría sentado en la redacción corrigiendo las últimas notas que los practicantes dejaron guardadas en el ordenador.

Si ambos vivieran en Túpal, estarían recibiendo premios por ser tan buenos, cada uno en lo suyo. Ella continuaría organizando exposiciones, ganando concursos de pintura y vinculándose más con los círculos de la élite. Conociendo a la señora Garland, al señor Auber, a los dueños de medio Túpal. Todos encerrados en las páginas sociales con sus sonrisas sin caries, impresos en hojas con las que ella el domingo envolvería el pescado.

Él sería un columnista conocido y viajaría por el mundo entero dando conferencias sobre el periodismo y las herramientas multimedia, ganaría miles y viviría en una casona tupalina. Los veranos disfrutarían rico de su casa en Flamming, la playa más exclusiva de Túpal. Las vacaciones las disfrutarían en Wonderland y conocerían a las familias más adineradas de otras ciudades.

La camarera despierta y siente que el dedo le arde un poco. La tetera por fin está puesta. Ella piensa que esa ‘otra vida’ se quedó en Túpal y que no la verá jamás.

Luego, entra él a la cocina con los brazos abiertos, dispuesto a comérsela a besos. La mira un rato y le dice lo bella que está.

Desde la ventana de la sala se les puede ver felices, preocupados tal vez porque mañana vence el recibo de la luz y habrá que ir a las oficinas del centro de Legran a efectuar el pago. Pero ambos solo se contemplan esperando a que el agua hierva para beber el café y leer antes de irse a dormir.

Ella camina hasta la sala y enciende la radio. Las ondas de su pelo empiezan a menearse con ella, él la observa apoyado en la puerta de la cocina. Ella se le acerca y por un momento, recuerda esa oferta de trabajo que le ofrecieron poco antes de llegar a Legran. Pero si eran miles de miles... y esos miles no son nada ahora. Un beso y el silbato de la tetera anunciando que el agua empieza a bullir.

Un día perfecto para el pez plátano

viernes, septiembre 01, 2006


-Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
-No veo ninguno-dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.

-Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
-Bueno, te lo explicaré.
Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.

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*Tomado de un genial relato de David Salinger aquien conocí hoy. Mucho gusto Sr. Salinger ha sido todo un placer.