Honda, vacía
incesante y oscura.
Así eres soledad
en cada segundo infinito
que deslizas sobre el tiempo congelado.
En una pista de madrugada,
ni un auto, ni un solo movimiento
solo las sombras de los postes
que permutan.
Un cielo nebuloso, con estrellas difuminadas
sin luna llena, solo reflejos, figuras grises
que giran.
La casa llena, el tic tac del reloj.
En la penumbra solo el viento ruge
entre los marcos de las ventanas.
El murmullo del silencio,
el latir del músculo principal.
Diástole, sístole, un suspiro.
Un timbre interior suena,
acomodas la almohada
en ese show nocturno
en tu camarote
en tus luces ámbar y blancas
en tus sábanas cálidas.
Y la botella de ron bajo la cama,
El diario cerrado y con llave.
Las cartas jamás enviadas.
Pensar en qué harás mañana.
Imaginar que besas, abrazas,
Que eres tú y no mi almohada.
Cerrar los ojos mirando el foco
que se apaga
y luego en ese vacío
observar las figuras multicolores,
que marean.
Y aún así,
tú sigues estando ahí.
Honda, vacía
Incesante y oscura.
Así eres soledad
en cada segundo infinito
que deslizas sobre el tiempo congelado
Agosto 2005
*Innegable influencia de otros autores
Las Once
lunes, marzo 27, 2006
Publicado por Sam en 8:46 AM 0 comentarios Enlaces a esta entrada
La cama de noche
viernes, marzo 17, 2006
Un cuarto para cuatro, un ‘depa’ para ocho. En uno mis tíos, en este, nosotros.
No puedo dormir. No he podido nunca, no, porque cada vez que los veo desde las alturas de mi apolillado camarote, veo la misma escena: Un par de seres que solo se mueven para respirar. A veces pienso que de noche se transforman en un hombre y una mujer de piedra. Como cuando aquel erizo gigante del Narrador de Cuentos se quitaba la piel y se convertía en un hombre físicamente perfecto, de ojos y miembros perfectos.
Al revés de este excepcional erizo, que además de vivir en el bosque junto a un gallo gigante, tocaba maravillosamente la gaita, mis padres se desnudaban hasta arrancarse el corazón. En eso consiste su hechizo.
Por eso es que pueden recostarse sobre los resortes de un colchón viejo y no sentir los hincones que producen cuando te posas sobre él. Pero, hay algo que todavía no he logrado entender: Por qué es que jamás volverán a ser los mismos amantes, los que se juraban amor eterno mientras, sofocados, alcanzaban el éxtasis en medio de un silencio absoluto, encerrados en estas cuatro paredes que hoy lucen grasientas y manchadas. Recostada aquí , puedo distinguir mis primeros garabatos, mis stickers de Pedro Picapiedra y las líneas amorfas de mis últimos años.
En estas paredes yo vi las sombras de sus cuerpos agitados montándose, jugando, riéndose, casi siempre como en el cine mudo.
Esperaban a que nos quedáramos profundamente dormidas y luego estaban solos, escapándose en ficciones a bosques lejanos, a playas tropicales, de seguro a Máncora o a la casa de mi abuela en Catacaos.
Pero, mientras ellos fugaban yo despertaba de mis sueños para verlos, para escuchar sus susurros, para saber qué era lo que hacían. Hoy que lo sé quiero volver a verlos así, sin malicia ni morbo, solo por revivir la curiosidad de aquellos días.
Yo veía con agrado sus abrazos y sus besos, sus caminatas detrás de nosotras observando cuando Joyce sentada en el triciclo nos hacía sonreír con sus ocurrencias. Claro, yo pedaleaba con fuerza para alcanzar las cimas de esas subiditas tan imposibles. Sufría, ahora que recuerdo, pedaleando ese triciclo, con el que tantas veces me saqué, no la chochoca , sino la rechochoca. Por ahí debo tener alguna marca, alguna huella que quedó después de la costra.
Dos de la mañana y el estridente silencio hace de este lugar un cementerio, porque el calor de sus cuerpos separados se hace nada, es nada. Ellos son nada y con ellos no pasa nada de nada.
La has dejado de amar, y para romper la costumbre, sí para romperla, haz decidido romper con todo quedándote aquí en el cementerio y vivito para siempre.
Hoy en la mañana timbraron tres veces y tú estabas allí. Contestaste y respondiste en voz bajísima. ¿Quién era ah?
No me digas, quién podría ser... No me lo digas. Prefiero pensar que la inercia de esa cama de noche se debe al frío de este verano raro. Raro como tú, como tus cosas, como tu actitud indiferente hacia mí. Ya no me hablas. Yo sé porqué. Porque mi adolescencia se remonta otra vez para decirme que esta noche ha llegado al principio.
La madrugada se acentúa y este piso frío, que tu cama ya no ocupa, vive de noche y tu cama, hoy en un cuarto para dos, se mantiene inerte, pasiva, muerta, de noche.
Publicado por Sam en 11:38 AM 3 comentarios Enlaces a esta entrada


